Escribe Adolfo Granadino Farías
Estoy firmando mi última planilla. Hace 50 años -un día como hoy-, la firmé por primera vez para cobrar mi salario, y así ha sido siempre. Ya conté el dinero más el CTS que me restaban. Bueno, exactamente no lo he contado con el rigor que lo hacemos los trabajadores, sino que lo he calculado como quien mira y pulsea una bolsa de arroz.
A mi lado está el compañero Juan, que también se jubila; a él se le ve, como si se fuera a morir; siempre fue así, vivió como caminando sobre vidrios rotos o en arena mojada. Sentado esperando su turno, es el señor Waldo Fernández; bachiller le dicen unos, ingeniero, otros; y todos lo estiman. Cuando venía a la oficina, lo ví que con los que se encontraba, lo abrazaban con cariño; a todos se les veía alegres; seguramente están invitados a la fiesta en la casa de mi jefe, porque este señor, a quien mucho respeto, hasta hoy es mi jefe; lo ha sido desde hace un año, lo es. Antes, trabajó como supervisor en casi todas las áreas de la fábrica. No había fiesta de algún trabajador, que él estuviera ausente. En cambio, el gerente, que renueva su automóvil todos los años, nos sentimos obligados a saludarlo, aunque él nunca contesta; y cuando se dirige a alguien, lo llama por el apellido; a mí me dice Rodríguez, a otros, López, Huamán, Herrera, etc.
En la casa, mi mujer me decía Cielo y mis vecinos, señor Miguel. Me hacían sentir respetable. Es que, en un barrio pobre, los que tenemos trabajo fijo, nos respetan, nos estiman. Es como en el pueblo de mi abuelo, cuando se van a las chacras: los que van a caballo, son saludados por los campesinos con el sombrero en la mano; los de a burro, como a mi abuelo, le decían -Don Juan, y a los campesinos descalzos se los tutean. Es que así es, pero no debería ser, en fin, sabe Dios.
Yo siempre he sido de pocos amigos; no sé por qué. Cuando he tratado de ser amiguero, me ha ido mal, es que no soy fiestero y parece que la jarana provoca lealtades y las amistades echan raíces que se alimentan con los conchos de las botellas.
Hace un instante, cuando estaba esperando mi turno, entró a husmear “Penacho”, así le dicen. Es un banco de bromas pesadas que casi todos le celebran. Yo nunca le caí bien. Me miró como si le debiera algo y, me dijo: -Cómo, ¿todavía no te has ido?; lo sentí como la veloz espada de un Samurái que me partía en dos.
Temprano se veía por la ventana de la fábrica, que en la casa del señor Waldo, llegaban y salían carros que bajaban paquetes y cajas de cerveza; su casa está al frente nomás. Otros compañeros hacían lo mismo, para el infaltable chisme.
Luego fui al baño para lavarme y sacarme el aserrín de la nariz, mañana ya no estaré aquí. Me demoré porque todo lo hice muy lento como la primera vez que entré a un ascensor, adivinando que botón apretar. De aquí, me voy a la casa donde nadie me espera. Me prepararé la comida, aunque sólo es de calentar, porque ayer cociné, como lo hago cada semana.
Mi hijo, está muy lejos de mí y del país. Cuando se nos murió su madre, todo cambió y a él, le puse alas para que se aleje de mi huerto sombrío. Y yo quedarme con mi mujer dentro, muy dentro de mí, amándonos hasta siempre. A mi hijo Rodrigo le va muy bien, comprobadamente bien.
En un momento más, estaré en la calle, y miraré la fábrica por última vez; con pena, sí así es. Hace unos meses en el sindicato acordamos realizar una huelga exigiendo nos aumenten la paga; yo me puse adelante frente a la fábrica y portando un cartel hecho con mi puño; gritaba fuerte, muy fuerte con otros compañeros.
Nunca me sentí tan libre, tan desencadenado, tan yo. Me sentí realmente un Miguel Rodríguez: ¡Si no hay solución, la huelga continúa! Se me escaparon algunas lágrimas, pero traté que nadie se diera cuenta. Son resentimientos que están escondidos en el alma y que a pesar de la persistente campaña comercial y política de cada día y de cada noche, no logran que lo olvidemos.
En mis años de escolar, recuerdo que uno de mis profesores nos decía, ya sea por reprendernos, ya sea por aconsejarnos: <Que las cosas son como son, y no como parecen ser> Ayer vi por la televisión que, no sé si los chinos o los japoneses, han inventado un Robot que sube y baja las escaleras y da saltitos como un boxeador en el ring; una noticia sensacional decía el anunciador; todos los canales mostraban lo mismo.
Yo subo y bajo las escaleras y doy saltos en cada peldaño cada vez que me da la gana; además, durante todo este tiempo, cuantas tablas, cuantos clavos, tuvieron que pasar por mis manos. Cuantas veces pasé la madera por las sierras, cuantos barnices esparcí en los acabados, para que al final de cada día salieran mesas, estantes, escritorios y todo tipo de muebles para la venta, o para cumplir con los pedidos; pero no he sido noticia. En este caso, las cosas son como parecen ser, y no como son.
Abril 2012


